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La Tour Eiffel

Había soñado muchas veces con ver la Torre Eiffel y la había visto en millones de fotos, videos y documentales. Había estudiado su historia desde los primeros bocetos de su creación, pero nada de todo lo que tenía en mente fue igual a partir de ese primer encuentro. Es uno de los monumentos más fotografiados y su competidora, la estatua de la libertad, resulta compartir no solo el origen francés sino también su creador. Hermanas, francesas, espectaculares.

Mi primera vez en París, fue casual, aterradora y me encontró muy desprevenida. Si bien había estudiado mucho tiempo para estar preparada para esa experiencia, me conmovió por completo, me obnubiló, me corrió de todos mis ejes, me sorprendió enormemente.

Siempre me había preguntado por que tenía tanta fascinación por Francia, por su cultura y su idioma. Hasta ese momento todas mis investigaciones en cuanto al origen de mi familia me dirigían sin duda hacia Italia. Como a muchos de los nietos de inmigrantes en Argentina. Pero ese viaje resultó un descubrimiento maravilloso del que no volvió la misma Gabriela.

Es difícil decidir el primer día del itinerario en una ciudad tan importante como París. Todo es de suma importancia y cada lugar es una foto que se graba en la retina para siempre, por eso cuidar el detalle de la experiencia para mí resulta esencial.

Pero… cómo escapar de la torre? Aparece tímidamente entre los edificios, se escabulle y te busca hasta encontrarte! Entonces decidí tomarla yo por sorpresa a ella.

Antes de continuar mi historia quisiera contarles que la torre tiene muchos apodos, mis dos preferidos son “La Dame De Fer” -La Dama De Hierro- y “ La Dame Dorée” – La Dama Dorada-. Son mis preferidos porque retratan dos torres completamente diferentes siendo una sola.

La Tour Eiffel de día, una gran dama de hierro, erguida, fuerte, poderosa.

La Tour Eiffel de noche, esa dama vestida de dorado, sensual y romántica.

Entonces creí propio conocer a ambas de diferentes maneras.

Aterricé en el Aeropuerto Chales de Gaulle de París en las primeras horas de la tarde o    “ l’après-midi” como dicen los franceses. Tomé el tren RER y luego el métro hacia el barrio de mi departamento de Airbnb, “le quartier chinois” el barrio chino, en el arrondissement 13. Dejé mi equipaje, caminé hacia el río Sena y esperé un bateau mouche. Esos barquitos turísticos que recorren todo el río y dan un pantallaso de la ciudad. Me acomodé en la popa del barco y respiré profundo. Tenía tatuada la sonrisa de la pueblerina que soy, quien no podía creer que estaba navegando el Sena. Celtas, Galos, Parisios, Vikingos, Romanos…y yo. Toda la historia y yo navegando por el Sena.

Llegando al Pont de L’Alma, levanté la mirada. El tiempo pasa lento, el ruido del agua y se aparece de una sola vez. Enorme, hermosa, magnífica. Es extraña su belleza, el ojo no esta acostumbrado. No es un edificio, no es una obra de arte, no es un monumento que conmemore a alguien, no es nada que haya visto pero es todo eso junto en un perfecto ensamble.

Por supuesto me brotaron las lágrimas, por supuesto las contuve. Traté de recordar cada dato que había estudiado, traté de observar a su alrededor, traté de entender porque los parisinos contemporáneos a su construcción la detestaron tanto, traté de imaginar como se veía París sin ella. Es imposible. Parece siempre haber estado ahí, casi imaginariamente, aún cuando nadie la había imaginado todavía.

El paseo en barco termina, con una imagen inmejorable, la gran Tour Eiffel junto una réplica a escala de su hermana americana The statue of liberty.

Ya nos habíamos conocido y yo estaba perpleja, con esa sensación de enamoramiento que da vergüenza demostrar. Pero necesitaba el gran final, la dama dorada. Luego de muchísimas fotos y casi media hora sentada solo viéndola, decidí caminar por el barrio de Trocadero. Traté de esconderla, al menos hasta el anochecer. Me alejé bastante entre las calles de La Rive Droite y cuando el sol se escondió me acerqué de nuevo; esta vez en métro.

Baje en la estación Trocadero, las escaleras del métro salen directo a la explanada frente a la torre. Aquella imponente pequeña colina llena de verde, fuentes de agua como cañones que enmarcan la vista de la torre y Champs de Mars.

Camine algunos metros y voltee  la mirada a la derecha. Ahí estaba, otra vez, pero diferente. Vestida de fiesta, completamente dorada, era como una noche de navidad. En ese momento sí que no pude contener las lágrimas. Era mil veces más hermosa de lo que cualquiera espera. Y cuando nada podía ser más perfecto que ese momento… el reloj da las 7 en punto y durante un minuto, que traté de hacer eterno, sus destellos parpadearon, como si fuera magia, invitándonos a todos los que estábamos ahí a confundir un sueño dorado con la realidad.

 

 

 

GabyGa∴